EL COMPROMISO DE JUAN CARLOS MESTRE

JUAN MANUEL MOLINA DAMIANI

«A los derrotados la historia
puede decirles ‘lo siento’, pero no ofrecerles ayuda ni perdón».
W. H. Auden: Spain

Hace unas semanas, en el preámbulo de su lectura de poemas dentro de este ciclo de «Poetas por el Casco Antiguo», precisaba Antonio Gamoneda que «la poesía no tiene que hablar de la realidad porque ella misma es una realidad». Juan Carlos Mestre, viejo amigo cuya obra es una realidad que nombra lo real, que lo presenta, que lo crea incluso, es un poeta que habla de lo incomunicado, de lo incomunicable, de la incomunicación a que la realidad de este tiempo, un espacio real sin apenas contornos, nos tiene tristemente condenados.  Defensor de que la poesía es «la conciencia de algo de lo que no se puede tener conciencia de ninguna otra manera», la de Juan Carlos Mestre, lejos de representarnos realidad alguna, no hace otra cosa que mostrarnos lo real desde la realidad que su obra, ella misma, ella sola, conforma. Así, presentando el mundo, no representándolo, y mostrando la vida, no literaturizándola, logra Mestre huir de poetizar lo real: su empresa, vitalísima, encinta, nos entrega la poesía de lo real, su belleza verdadera y cruel.

No es extraño, por lo dicho, que cuando Juan Carlos Mestre empezara a publicar, allá por los primeros ochenta, el imaginario de su obra no sintonizase con los postulados del tardorrealismo emergente y fuera leído como una coda singular de la estética culturalista novísima. Aun así —a día de hoy toda aquella ceremonia de la confusión ya es posible evaluarla en su justa medida—, téngase claro que el individualismo de aquel Juan Carlos Mestre ningún parecido guardaba con el encarnado por los poetas novísimos, dado que el de nuestro poeta ya ponía en juego vectores radicalmente comprometidos, estatuto que el culturalismo de sus mayores, neoliberal y escapista, nunca pudo alcanzar de modo sobrado. Es curiosa la paradoja: en la encrucijada de la poesía española de hace veinticinco años, el imaginario estético de que partía Juan Carlos Mestre lo presentaba no sólo como un poeta menos vanguardista que sus coetáneos, casi todos partidarios de las maneras naturalistas propias de la poesía social de los años cincuenta, sino a la vez como un autor apegado a la tradición que habían demarcado sus mayores, como un poeta más bien continuista de los planteamientos de vanguardia.

Ante esta trama, es lógico que el estatuto historiográfico de Juan Carlos Mestre se haya venido perfilando desde los inicios de su producción como el de un poeta al margen, como el de otro raro que no halla más sitio en el canon que el que le asigna su marginalidad, la que lo mantiene ausente de todas las antologías pese a los premios de que se ha hecho merecedor. Con todo, sin adaptarse a la inadaptación, huyendo del vacío de los solitarios, excluido por sistema de lo hegemónico por transitar por caminos singulares, no se pase por alto que la marginalidad de Juan Carlos Mestre deriva de su individualismo comprometido, de su espiritualidad materialista, ajena a los dos constructos estéticos que han estandarizado la estética de nuestros días, a saber: el naturalismo burocrático que consumen las clases medias ilustradas de nuestra sociedad tardocapitalista, una dicción cuya manera de representar es implícitamente cuestionada por la presentación estética en que Mestre se abisma, y el neosimbolismo vanguardista de los poetas novísimos, unas maneras que Mestre aparentemente pudo cultivar pero que nunca acabarían integrándolo dentro de los convencionalismos vanguardistas de la maquinaria industrial de nuestra cultura.

Al margen, así pues, tanto de los hábitos tradicionalistas propios del idealismo comprometido, a cuyas constantes temáticas nunca se ha plegado nuestro poeta, cuanto de los productos fraudulentos de la ideología vanguardista tan cara al industrialismo, con cuyos acabados estéticos ningún parecido guardan los de nuestro autor, la marginalidad de Mestre a lo largo de toda su trayectoria hasta hoy convendría írsela explicando a partir de que sus postulados estéticos parten de una iconoclasia radical, a saber: la de que su obra impugna la finalidad del arte del momento, esto es: la que lo reconoce como exclusivo motor mercantilista e ideológico de distracción, un constructo donde el arte no es alumbramiento final de la conciencia creativa, sino mero narcótico para adormecerla y desactivarla. No, no nos equivoquemos: Juan Carlos Mestre no es ni un animador sociocultural del presente ni un aristócrata selecto de la artisticidad: el paraíso de su poesía no es nada divertido: está habitado por seres infernales cuyas almas son las que esconden nuestros cuerpos.

En efecto, a lo largo de toda la obra de Mestre nunca ha habido una fuga, una evasión de lo real: lejos de favorecer la diversión que hace olvidar el sufrimiento, convencido de que quien procura diversión no es, a la larga, sino alguien que anda de acuerdo con todo, alienado en el autismo colectivo a día de hoy hegemónico, Juan Carlos Mestre se ha impuesto no acallar su insubordinación: denuncia implícitamente, sí, que el modelo populista del progreso ilustrado de la inteligencia acaba más tarde o más temprano dando como fruto el progreso romántico de la estupidez. No: nunca se ha mostrado Mestre de acuerdo con los protocolos neoliberales de los aparatos de poder de la cultura fascista tan propia de este tiempo, un sistema que engulle a todo aquel que se trague su insubordinación asignándole, quiera o no quiera, cuando menos se lo piense, el papel de payaso más gracioso de la fiesta de cumpleaños que las instituciones financian para que la cosa siga marchando y la fiesta no pare.

Siempre ha perseguido Mestre con su obra recobrar lo primigenio, lo ancestral, testimoniando lo permanente del tiempo y cribando las contingencias del espacio, el rostro misterioso de lo desconocido, nuestro conflicto, concretando así, a mi ver, eso que no se ve pero se siente, eso que tantas otras veces está a la vista de todos pero nadie se atreve a mirar cara a cara. Generando credibilidad desde su testimonio estético, un testimonio moral que no persigue, quede claro desde ahora, son palabras suyas, «llevar la imaginación al poder, sino [de] utilizar su imaginación contra el poder», ha logrado Juan Carlos Mestre poner un poco de orden en nuestro caos denunciando que este tiempo está falto de dignidad, que a día de hoy no somos capaces de compaginar humanamente verdad, vida y belleza. Va a ser desde la memoria que no se deja atrapar ni por la nostalgia que duele ni por la melancolía que cura, sino desde una memoria donde nostalgia y melancolía entren en serena dialéctica, en temblorosa y transparente conjunción, desde donde Mestre alce su poesía, memoria personal que ensancha la colectiva hasta hacerse naturaleza de la historia, al tanto nuestro autor que nuestros herederos, cuando ya hayamos desaparecido, sólo tendrán como testamento de nuestro tiempo nuestras ruinas artísticas, entonces ya, sin duda, infalible documento con el que se pueda volver a vivir lo que fuimos, tiempo recobrado donde volver a pensar lo que ahora pueda ser este espacio sobrado de olvido.

La credibilidad y el testimonio de Mestre obedecen a su vitalismo, un vitalismo escriturario, poético, que hace de su obra un lugar sagrado, equiparable a la vida, mas sólo, cuidado, cuando sirve para reactivarla y revivirla, cuando intenta conducirla por itinerarios distintos a los establecidos por la inmoralidad hegemónica. Consciente, es Mestre quien lo ha señalado, de que lo «difícil tal vez resida en poder vivir hasta sus últimas consecuencias la vida del poema», es de destacar que su poesía acaso no sea sino el acta de otro forense, siempre atenta a lo perdurable esencial que no ha podido borrar la contingencia de lo efímero, a todo aquello que nos dé noticia de la destrucción histórica de nuestra naturaleza, que deje nombrada la consternación de quien intenta cambiar la vida y transformar el mundo. Un entramado político —sí: no se me asusten: político— que Juan Carlos Mestre ha ido construyendo a lo largo de los tres momentos en que a mi juicio cabe secuenciar su producción hasta la fecha.

Su primera etapa, la que delimitan sus tres primeros libros, Siete poemas escritos junto a la lluvia [1982], La visita de Safo [1983] y Antífona del otoño en el Valle del Bierzo [1986], nos sitúa ante el entorno inmediato de nuestro autor, quien se reconoce nostálgico de su ayer pero sin adoptar posiciones extremadamente dolidas, si bien el tercero de estos títulos, el que obtuviera el Adonáis de 1985, un libro de libros, nos participe una visión del paisaje memorial, inserta en el conflicto cultural del hombre que lo habita. Confesión o respuesta de estirpe simbolista y acaso neorromántica, reténgase que los poemas de la Antífona los genera la fantasía, desde los inicios de la trayectoria de Mestre verdadero motor de su producción, tal y como documenta, a modo de resumen, «Villafranca», el poema que cierra este volumen, canto elegíaco por el tiempo y el espacio perdidos donde la enumeración caótica juega un papel decisivo, lo que nos habla de que acaso sea la memoria proustiana el plasma de buena parte de este poemario, paradigma, por más señas, de un neoinformalismo de estirpe figurativa que no sólo se opone al mimetismo retiniano de los tardorrealistas sino también a los automatismos a posta de quienes por a mediados de los ochenta intentaban reabrir la dicción del surrealismo a partir de patrones neoclásicos.

Así lo certifica La poesía ha caído en desgracia, un libro menos elegíaco, territorio que se reconoce como el segundo momento de su obra, donde ya se hace manifiesto que la poesía de Mestre la gobierna la música cualitativa de la dicción de la frase antes que el metro cuantitativo de la duración del verso, en Mestre, a partir de este libro, con el alcance del versículo, vinculado con el de la tradición inaugurada en nuestra lengua por Juan Ramón, Aleixandre, Dámaso Alonso, Rosales, Hierro, Gamoneda, Diego Jesús Jiménez y José Viñals. Libro ahora de poemas, un nivel de abstracción infinitamente mayor al de los títulos anteriores informa La poesía ha caído en desgracia, de universo mucho más comprometido, nada veneciano: está sostenido por la fantasía, el sueño y la visión, reactivos que disparan la escritura automática de que este libro es producto. Fruto, ahora bien, de un yo que no quiere serle infiel ni a su corazón ni a su cabeza, un acabado racional redondea sus poemas, resultados de una escritura matérica, informal y visionaria pero siempre acogida a un proceso de imaginación formal cuya razón constructiva la dicta un radar cuya vocación no es otra que comunicar con el destinatario del texto. Que este tiempo de exceso de razones tecnocráticas tenga arruinada a la razón no impide que el logos de Mestre controle todo el proceso escriturario de su obra sirviéndose de otra razón, la poética, una gramática poética superrealista, realista en grado superlativo, que la sintoniza, ahora bien, con los maestros que conciben la poesía como acto de obediencia a lo irracional esencial antes que como consecuencia de una voluntad de poder consciente: ya lo dejó dicho nuestro poeta: «Yo no escribo lo que quiero, sino lo que puedo, aquello que a pesar de lo previsto me conduce a lo irremediable».

El último libro hasta la fecha de Mestre, La tumba de Keats, un libro que ya no es ni un libro de libros ni un libro de poemas, sino, sin más, un poemario, no se alza, a diferencia de lo que ocurría en la Antífona del otoño en el Valle del Bierzo, presidido por la nostalgia, y de La poesía ha caído en desgracia, ocupado por la melancolía, sino como un territorio asentado en la memoria. Sí: visitando la tumba de Keats, en el cementerio protestante de Roma, es asaltado Juan Carlos Mestre por una visión onírica y fantástica que le procura una imagen real del sufrimiento de los perdedores de la historia, de la impotencia de una sociedad atrapada por las falacias de la ciencia al servicio del horror, la injusticia y sus crímenes. Mausoleo de la verdad, es la tumba de Keats, matriz de la conciencia de un yo desolado, revelación de una ciudad minada por los vicios, lugar de la muerte: Roma está llamada a ser la ciudad del Apocalipsis. Desde la tumba del romántico por antonomasia, lleva a cabo Mestre la autopsia de Roma, emblema escatológico de la podredumbre de la Iglesia católica, del estado capitalista, de la banca, del ejército y de las burocracias que operan para explotar a los desposeídos de todos los mundos. La tumba de Keats es un nuevo vaticano desde el que Mestre, armado de piedad, rencor o memoria, vaticina la desvaticanización del capitalismo que perpetúa los principios feudales que rigen hoy la felicidad del mundo occidental.

Si Lorca fue el poeta de Nueva York, allí donde el capitalismo empezó a cobrar su cara más cruenta, Mestre lo será de una Roma, la ciudad cuyo cementerio protestante guarda las cenizas que habrá de soplar quien quiera reavivar el fuego de un nuevo humanismo. Así, fundando la tradición de una Roma desde la que nos sea posible resistir, sabiéndose que acaso sea el antepasado vidente de una cultura futura que pudiera no llegar a ser jamás, Mestre se abraza a la tumba de Keats, lugar de una conciencia superromántica, para defender un vitalismo materialista fundado en el hombre concreto que habita el infierno del mundo de hoy, un infierno mortal que es preciso destruir desde el paraíso aún inconcretado de un nuevo modelo de ciudadanía. Alegato social, si bien acordado a patrones muy distintos a los acostumbrados por los convencionalismos del naturalismo burocrático, la dicción oscura de Mestre —oscura porque nombra tramas oscuras—se concreta mediante una voz profética, mediante una deíxis preferentemente vocativa, donde la moral no sólo es participada por el tejido de los significados, sino antes bien por el sentido que los teje, un telar político que cobra su resolución estética irracional, expresionista, para mostrar las tensiones de este tiempo sin memoria, inconsciente incluso de que anda aniquilándose a sí mismo.

Sin adocenarse en la individuación, el irracionalismo alucinado de Mestre adquiere, así pues, una dimensión política indiscutible, resistente y rebelde, un hallazgo que impugna las tesis de quienes piensan que las propuestas de vanguardia están deshumanizadas, tal y como vienen defendiendo desde hace casi un siglo el Ortega más reaccionario y sus acólitos más trasnochados, no pocos  de los cuales forman parte a día de hoy de la burocracia tardorrealista asalariada por los neoliberales de nuestra cultura. No: el irracionalismo de Mestre tampoco está deshumanizado: Mestre es un poeta moderno: desde su estética acomete una reflexión existencial, poética e histórica, de alto octanaje civil. No le basta, no, ser un artista de vanguardia, no quiere ser otro producto industrial de la ficción de este tiempo: su propuesta se enraíza en el epicentro de la modernidad: su conciencia se opone al racionalismo que todo lo convierte en mercancia: su irracionalismo es expresivo medio de rehumanización civil. Les dejo con Juan Carlos Mestre: la belleza de su poesía es cruel: los poetas de verdad nunca mintieron.

JUAN MANUEL MOLINA DAMIANI